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Un viaje relajante

¡Hola a todos!
Poco a poco mi regreso a Jaraíz es más próximo, puesto que, como sabréis, en temporada navideña tengo vacaciones (de hecho, desde el miércoles no tengo clases regulares, sólo algún que otro examen o laboratorio), por lo que, aprovechando estos últimos días de relax, así como una oportunidad concedida por Cruz Roja Extremadura, hice un viaje a la cercana ciudad de Trujillo para así desconectar un poco y también reunirme con mis compañeros de Cruz Roja Jaraíz un día antes a mi vuelta estimada.

Vistas de Trujillo

El viaje comenzó desde la Plaza de América en Cáceres, sobre las 8:30 de la mañana. Allí, me reuniría con el voluntariado de Cruz Roja Cáceres para coger el autobús que nos llevaría a Trujillo, llegando 45 minutos después de nuestra salida. Mientras guardaba sitio en la cola para desayunar, oí cómo mi teléfono sonaba: los voluntarios de Jaraíz habían llegado. Salí de la cola para reunirme con ellos.

Tras desayunar, salimos fuera del edificio donde estábamos concentrados, para así, y con una antorcha por persona, hacer una ruta por Trujillo. Eso sí, hubo algún que otro percance, entre ellos antorchas que se consumían rápidamente y terminaban dejando caer el pequeño depósito de queroseno al duro y frío asfalto.

Voluntarios de Jaraíz portando las antorchas

La ruta consistía en subir desde el recinto ferial de Trujillo, hasta el castillo, una ruta no demasiado larga, pero sí algo empinada, lo que, junto con el humo de las antorchas y el queroseno, provocó algunos mareos entre los presentes. Pero por fin, llegamos a nuestro destino.

Castillo Yo en lo alto de Trujillo, fotografía realizada por Héctor Mateos

Tras ello, bajamos hasta la plaza del pueblo, donde muchos de nosotros aprovechamos para descansar antes de entrar a una ceremonia donde se homenajeó a algunos voluntarios de Extremadura, antes de visitar la nueva Sede de Cruz Roja Trujillo y de entrar al pabellón municipal donde hubo exhibiciones de baile.


Por último, y tras comer en el recinto ferial donde comenzó el viaje, tuvimos la ocasión de divertirnos bailando, al retirar las mesas del comedor y comenzar la música. Voluntarios de todas las edades, desde los más pequeños con apenas unos años, hasta los más veteranos, bailamos al ritmo de canciones de los últimos años. Tras ello, a las 6 de la tarde, nos reunimos en el autobús para volver a nuestras ciudades de origen del viaje (por poco me equivoco y vuelvo con los de mi tierra). Con algo de lástima me despedí de los jaraiceños, a pesar de saber que, apenas un día después, volvería a verlos, y esta vez durante semanas y no sólo horas.

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